Gabriel García Márquez fotografiado en 2010 por Daniel Mordzinski.
No recuerdo dónde lo conocí. Puede haber sido gracias a
Haydee Santamaría.
Acaso coincidimos en alguna comida en casa de la amiga común, quizá en
aquella en que fui embromado con una tortilla de plátanos maduros. Lo
que sí tengo claro es que en septiembre de 1969, entre la treintena de
libros que embarqué en el Playa Girón, había un
Cien años de soledad que ya había leído un par veces.
Lo veo a flashazos, en distintos momentos. Un 31 de diciembre me invitó a una fiesta en la que estaban su amigo
Fidel Castro
y el actor norteamericano Gregory Peck. Hubo un momento, cercano a las
12 de la noche, en que me vi conversando con aquellos gigantes y me
sentí desubicado.
La primera vez que estuve en su casa de México fui con Raúl Roa Kourí
y mi hermana María, casados por entonces. Estaban de tránsito, camino a
New York, donde estarían 6 años sirviendo a Cuba ante las Naciones
Unidas. Fuimos por la mañana y pasamos algunas horas en el despacho del
escritor, donde estaban algunos de sus libros, su máquina de escribir.
Allí constaté que, tal y como se decía, sobre su mesa de trabajo había
un un florero con una rosa amarilla. Creo que fue la primera vez que vi
una rosa que parecía un sol. O la primera que reparaba en ella,
iluminada por la mitología en torno al genio literario.
Hablamos de música. Uno de sus hijos estudiaba flauta. En algún lugar
yo había leído que él escribía escuchando a Bach; pero aquella mañana
nos dijo que entre sus partituras preferidas estaba el concierto para
violín y orquesta de Sibelius. Revisó sus discos (con la ayuda de
Mercedes) y me regaló una versión, que tenía repetida, dirigida por Von
Karajan e interpretada por Christian Ferras. Antes de dármelo rotuló su
nombre en la carátula, con plumón azul Prusia. Después me obsequió su
novela más famosa, que yo casi me sabía de memoria. Hablamos también de
cumbias y vallenatos, tema del que era experto. Concluyó la clase
magistral con ejemplos en los que su nombre era mentado y, con cierta
ternura, nos hizo escuchar una cumbia que lo increpaba por algo que no
recuerdo. Finalmente me obsequió dos casetes, con selecciones
personales. Aquellas cintas no me duraron mucho, porque le comenté a una
periodista que las tenía y se las llevó, jurando muchas veces que sólo
las quería para copiarlas y que enseguida me las devolvería. Ojos que te
vieron. O más bien: oídos que te escucharon…
No recuerdo por qué un día me tocó llevarlo al centro campestre de
Río Cristal, donde se iba a celebrar un almuerzo relacionado con el
premio literario Casa de las Américas. Por el camino traté de hablar lo
menos posible, para no meter la pata, pero acabamos comentando la
separación de un matrimonio. Yo, sagitario imprudente, sentencié que era
una desavenencia pasajera. Él me miró de una forma en la que pude
reconocer, en el breve vistazo que le dirigí puesto que iba manejando,
que sentía más congoja por mi optimismo que por la pareja distanciada.
Puede que en el fondo yo pensara como él, y que sólo siguiera la
costumbre totémica de expresar mis deseos y no lo que realmente sucedía.
A veces me he equivocado, de diente para afuera, aunque de diente para
adentro sepa que ejecuto un ritual que significa lo contrario. En aquel
caso, en pocos días comprobé que su mirada de piedad tenía más peso que
todas mis palabras. Y, además, comprendí que él no era adicto a mis
ceremonias primitivas y que conocía mucho mejor que yo a personas que yo
veía más a menudo.
Hace poco conté, a propósito de una canción de mi ultimo disco, la
especial circunstancia de haber tomado un vuelo en el que sólo iba otro
pasajero. Era hasta México, con escala en Cancún. Aquella tarde los
cielos estaban cargados de oscuridades y nuestra soledad compartida,
entre tantos asientos vacíos, propició el acercamiento. En aquel avión,
que daba tumbos y bajones, el escritor me iba explicando –con una
serenidad inconcebible– que a veces se le ocurrían ideas que no daban
para novelas o cuentos, y que posiblemente eran canciones. En todo
momento fui consciente de la fatalidad de que aquel encuentro ocurriera
en circunstancias tan adversas, porque los incesantes sobresaltos no me
permitían estar todo lo atento que deseaba. Luego, en Cancún, se llenó
el avión, los cielos se aplacaron y el viaje dejó el misterio atrás,
siendo menos propicio, aunque yo me despedí diciendo que iba a tratar de
darle taller a algunas de las ideas –a veces relampagueantes– que tuve
la suerte de escuchar. En un terrible hotel de Panamá hice un primer
acercamiento que se perdió en la bruma, y sólo hace muy poco logré
organizar algo cantable.
Cierta vez estuve una noche en su casa del DF y, a la hora de irnos,
comprobamos que faltaba el carro en que habíamos llegado. Buena parte de
aquella madrugada la pasó con nosotros en la comisaría, prestando
declaraciones y tratando de ayudarnos. Otra noche, hace no mucho, fuimos
al bar de una señora llamada Margarita, lleno de caricaturas, donde
Sabina hacía gala de los tantos corridos y rancheras que se sabe. La
última vez que fuimos a su casa cargó a Malva en la puerta de despedida.
Dejo constancia que la única vez que visité la hermosa Cartagena de
Indias fue gracias a él, que me recomendó al Festival de Cine como
jurado. Ni antes ni después he vuelto a entrar a un Casino. Aquel era
propiedad de un amigo, señor que amablemente nos regaló unas fichas para
que probáramos suerte en la ruleta. Yo le seguía las manos al
dealer,
a ver si las ocultaba bajo la mesa para apretar algún botón. Pero el
hombre daba un respetuoso paso atrás, cada vez que la rueda de la
fortuna empezaba a detenerse, quizá leyéndome la mente. Viendo lo rápido
que dilapidé mi capital, el escritor, de un blanco impecable, se partía
de la risa.
Voy a conservarlo así, sonriente, gozando de la vida, a lo mejor en
la voluta de una idea que la insondable alquimia de su talento dejará en
una ínfima reseña, algo que ni siquiera llegará a ser canción: acaso un
insecto posado en un mantel, la pintura vahída de un bote surcando el
río Magdalena, la nota disonante de un triste amolador de tijeras.
Seguro así me sentiré alguito menos huérfano.
(Tomado del blog Segunda Cita)